Según la OMS (ibid.), los docentes pueden contribuir al bienestar de sus alumnos:
Aceptar los rasgos de carácter únicos de cada estudiante.
Reconocer las diferentes etapas de desarrollo de los niños, establecer tareas apropiadas para su edad y aplicar disciplina apropiada para su edad.
Mostrando empatía y preocupándose por el bienestar emocional de cada alumno.
Estar familiarizado con la comunicación verbal y no verbal de los estudiantes y responder a estas señales de manera adecuada y oportuna.
Comunicarse de manera efectiva y clara.
Establecer expectativas claras con respecto al comportamiento de los estudiantes y establecer límites para crear una estructura productiva para los estudiantes.
Apoyar la autoestima de los estudiantes.
Mostrar tolerancia cero ante cualquier comportamiento discriminatorio/inapropiado.
Detectar y gestionar problemas en una fase temprana. Es más probable que la intervención temprana prevenga enfermedades mentales más graves.
Equilibrar “el riesgo de etiquetar” a un niño a una edad temprana. El objetivo de los profesores no debería ser diagnosticar a los niños sino más bien identificar sus dificultades, ofrecerles apoyo escolar y, cuando sea necesario (por ejemplo, cuando el estudiante continúa deteriorándose a pesar de los esfuerzos escolares), derivarlos a expertos.